
Cirilo Arenas cometió el descuido fatal de acompañar a su novia al cine Variedades; su único disfraz consistía en un par de anteojos negros, lo que facilitó su rápida aprehensión.
Entre las 0.47 Y las 4:50 de la madrugada del 4 de marzo de 1920, tras su captura, fue puesto a disposición de las autoridades militares, quienes recibieron órdenes estrictas de ejecutarlo.
La madrugada del 4 de marzo de 1920, Enrique Garduño le notificó a Arenas que el momento de cumplir su sentencia había llegado. Antes de partir, el General entregó a su madre su saco, su sombrero y sus anteojos. En un acto de profunda humildad, se arrodilló ante ella para solicitar su última bendición. La anciana, mostrando una entereza estoica, trazó la señal de la cruz en el aire y abrazó a su hijo por última vez, provocando el llanto de los presentes ante la crudeza de la escena.
Cerca de las 5:00 de la mañana, Cirilo caminó con firmeza hacia el patíbulo, escoltado a corta distancia por su madre. Al estar frente al paredón, pidió la palabra y gritó: "¡Viva Carranza!". Acto seguido, afirmó con determinación que, si su vida era el precio para alcanzar el bienestar de la patria, la entregaba con gusto.
Pese a que el capitán Garduño intentó vendarle los ojos, el General se rehusó, pidiendo únicamente que los disparos se dirigieran al pecho y no al rostro.
A las 4:40 de la mañana, tras la orden de Garduño, una descarga de fusilería terminó con la vida de Cirilo Arenas, quien contaba con apenas 25 años. Aunque su última voluntad fue preservar su rostro, los proyectiles impactaron tanto en su pecho como en su cara; finalmente, recibió el tiro de gracia en la ceja izquierda. Todo el suceso ocurrió bajo la mirada de su madre.
Esa misma tarde, el cuerpo fue entregado a su progenitora, quien lo trasladó a su natal Zacatelco, Tlaxcala. El regreso del caudillo fue recibido por una multitud de campesinos que salieron a las calles para acompañar el féretro con fervor y luto hasta su tumba.
La prensa de la época destacó su valor, describiéndolo como un ejemplo de la legendaria fuerza de la raza tlaxcalteca ante la muerte. Según Mariano Pasquel, el mayor deseo de Arenas antes de morir era ser recordado por la historia como un patriota y nunca como un traidor.
𝚁𝚞𝚖𝚋𝚘 𝚊 𝚕𝚘𝚜 𝟻𝟶𝟶 𝚊ñ𝚘𝚜